El dinero llama al dinero, y el Gobierno llama a votar

Luego del resultado de las primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) y de la crisis que se produjo en el corazón del oficialismo, el Gobierno nacional largó su maratón de medidas de incentivo y reactivación económica de cara a los 35 días que faltan para las elecciones generales.

Entre ellas, los estímulos al consumo, como ser: un plan de blanqueo para el servicio doméstico, plan Previaje para jubilados, suba del salario mínimo vital y móvil (el cual impacta en otros programas sociales), ampliación del Repro II, complemento mensual para el salario familiar a partir de octubre, entre otras tantas.

En cuanto a los sectores económicos, se eliminaron las retenciones a las exportaciones de servicios así como el anuncio de inversión de 12 mil millones de pesos en Ciencia y Tecnología. Estos programas se suman al ancla del dólar para contener la inflación, al control de precios y a las tarifas planchadas como ejes para revertir el resultado electoral.

El gasto público y la emisión monetaria para financiarlos están siendo objeto de debate en todos los ámbitos y sectores involucrados. La discusión en una sociedad que vota con el bolsillo es ¿cuánto tiempo pasará hasta que el efecto se perciba en la mesa familiar? En una sociedad preocupada por el aumento de precios, ¿qué efecto tendrá sobre la inflación? En una sociedad preocupada por el aumento del dólar, ¿qué efecto tendrá una mayor emisión sobre las expectativas devaluatorias y el impacto en la brecha cambiaria? En una sociedad preocupada por el crecimiento económico, ¿es sostenible en el tiempo esta estrategia de reactivación?

Hoy sólo hay certeza de que el Gobierno se encuentra emitiendo dinero y emitirá, lo que generará presiones en el tipo de cambio en un país con una estructura productiva dolarizada que demanda más importaciones para hacer funcionar el aparato productivo.

El eterno problema del dólar. Por un lado, detrás de la tensión en las cotizaciones financieras se encuentran inversores que compran moneda extranjera y toman cobertura en bonos ajustados por inflación y tipo de cambio oficial. Por el otro, la frazada corta: aumenta la actividad económica, aumentan las importaciones, aumenta la demanda de divisas y la exigencia sobre las reservas internacionales.

Las reservas del Banco Central vienen bajando a un ritmo que asusta: perdiendo en promedio 100 millones de dólares por semana. Si se descuentan los pagos al Fondo Monetario Internacional (FMI), las reservas en oro y los derechos especiales de giro (DEG), habría una ecuación contable negativa en caso de no acordar una refinanciación del préstamo standby y ante un escenario de vencimientos con el organismo que asciende a los 19 mil millones de dólares.

Recordemos que en la primera etapa del año el escenario internacional estuvo marcado por los altos precios de las commodities, que llevaron a una liquidación histórica del sector agropecuario del orden de los 27.500 millones de dólares que, junto con los aportes extraordinarios de DEG, permitieron contener el contexto actual.

Pero las dudas se presentan “el día después”, cuando el futuro cercano de 2022 se espera con menores precios internacionales y un cambio en la política monetaria de la Reserva Federal de los Estados Unidos. El organismo comenzaría a aumentar las tasas de interés para contener la inflación de aquel país, lo que finalmente impactará también en una mayor depreciación de monedas de la región.

Errores recurrentes

Haciendo una revisión histórica, la devaluación que se produjo con la salida del “uno a uno” impactó en el tipo de cambio real multilateral incrementando su competitividad, que junto con un contexto externo favorable llevaron a una situación de generación de divisas diferenciada a la de hoy ante la restricción externa. Esto derivó luego en una situación de crecimiento sostenido, mayor rentabilidad empresarial, mejora de empleo y recomposiciones salariales, en el marco de una crisis con amplia capacidad ociosa, bajos salarios reales y alto desempleo.

Ilustración de Eric Zampieri

Buscando un retorno a ese escenario, el oficialismo aplica hoy las mismas medidas que llevaron a cabo en el 2011: aumenta los controles de importaciones y endurece cada vez más el cepo financiero, como lo hemos visto en la última semana.

El dilema en el que se encuentra inserto el Gobierno es cómo adecuar los tiempos políticos a los tiempos económicos sin tener que recurrir a una política de ajuste, dados los diferentes intereses sociales y económicos en juego.

En definitiva: ¿cómo dar vuelta un círculo vicioso para hacer de él un círculo virtuoso con tantas restricciones?

Con la política fiscal yendo en un sentido, la política monetaria también encuentra un techo a la hora plantear un aumento de la tasa de interés que otorgue mayores opciones de ahorro y evite la huida hacia el dólar. Una suba de estas características enfriaría de manera indirecta la economía encareciendo la inversión y el consumo, limitando el crecimiento en el corto y el largo plazos.

Con el grifo del endeudamiento externo cerrado, la búsqueda de inversiones extranjeras directas como vía de generación de divisas urge ante este contexto: un nuevo acuerdo con el sector agropecuario, la nueva ley de hidrocarburos con la expectativa de que aumente la producción en un 50 por ciento, el desarrollo del sector del litio, el impulso a la exportación automotriz, exportaciones de servicios intensivos en economía del conocimiento se transforman en ejes clave para sortear la restricción, pero no son suficientes.

Todas las medidas implementadas en los últimos 70 años para fortalecer las reservas y no frenar los ciclos económicos no contribuyeron a resolver el problema de insolvencia que presenta el país en el frente externo. Se atacaron los efectos y no las causas que generan las recurrentes crisis. En contextos de inestabilidad cambiaria permanente, el impacto se traslada a precios, lo que limita las decisiones de inversión, llevando a una postergación de proyectos que apunten a transformar la estructura productiva actual.

En un contexto mundial 4.0, plantear un modelo económico competitivo a base de devaluación del tipo de cambio también posee un techo que impacta en las exportaciones y en la posibilidad de una inserción mundial diferente. Cómo resolver la contradicción de la economía argentina, cuyo proceso de acumulación de capital presenta el límite al crecimiento y financiamiento en la heterogénea estructura productiva, no debiera ser una discusión técnica, sino también estratégica.

Pasan los años y el debate sobre la estructura productiva argentina, que permita de modo sustentable resolver los problemas del sector externo, sigue sin resolverse. En el medio, los ciclos electorales de corto plazo plantean agendas de inyección monetaria e incremento del gasto con el objeto de poner plata en el bolsillo para mejorar el consumo, y ahora con las elecciones del 14 de noviembre en puerta.

Con un FMI a la vuelta de la esquina, lo que pase después de las elecciones deberá incluir, de manera obligada, esta discusión estructural si queremos que “el dinero llame al dinero” y no sólo “el Gobierno llame a votar”.

* Economista, directora del Idca (UCC)