El futuro que nadie pidió: “Stories” hasta en el lavarropas

La aparición de las Stories (o Historias) en Instagram, cuando se produjo, tenía sentido. Era una copia lisa y llana de Snapchat, eso ya lo sabemos, pero seguía una lógica: buscaba adaptarse a los adolescentes y a un modo de compartir en redes sociales que les era propio.

En una hipotética proyección, también era factible suponer que Facebook tenía la mira puesta en esos usuarios para que, una vez crecidos al cabo de un par de años, se volvieran consumidores más que productores de sus propios contenidos amateur y se volcasen a una app más madura y elaborada como Instagram.

Al mismo tiempo, Instagram fue desde siempre una aplicación enfocada en cómo se ven de bien las cosas que allí se publican y –por lo tanto– bastante liviana. Esa cosa de postear algo “divino” para que desaparezca a las 24 horas está bastante en sintonía con la vibración superficial de ver “todo perfecto”. 

Que las benditas historias efímeras luego hayan aparecido en el propio Facebook ya pareció una adaptación forzada, pero comprensible. Aunque cuando llegaron en forma de “Estados” de WhatsApp, una función que literalmente no tiene ningún sentido y que pocos usuarios (al menos los de mi lista de contactos) utilizan, ya pareció un exceso.

Pero nada de todo esto impidió a Twitter probar y lanzar globalmente los Fleets hace un par de semanas, una copia calcada incluso desde lo estético de las Historias de Instagram. Y que nadie pero nadie había pedido.

“Detectamos que había muchos usuarios que dejaban sus tuits en borrador y nunca los publicaban”, fue una de las explicaciones que dieron los responsables de la red social más apuntada en estos días por los discursos racistas y de odio, el acoso y la agresión virtual. Encima después tuvieron que reconocer que la función había salido medio cruda y con errores (que después se solucionaron) 

Si ya le es complicado a Twitter moderar contenidos problemáticos en tuits permanentes, imaginemos lo que pasará con los Fleets, una invitación a decir cualquier cosa con la perspectiva de que desaparezca sin dejar rastros en 24 horas.

Pero el patetismo de las empresas no tiene fondo. Y ahora Spotify empezó a experimentar con algo parecido a las Historias para que los artistas las usen. ¿En serio, Spotify?

La mayoría de los artistas ya tienen sus propias cuentas en Instagram y no necesitan –además– tener una vida digital en Spotify, que es una aplicación musical con pocos aspectos sociales más allá de la lista de estadísticas de fin de año, los concursos de listas de reproducción “¿qué personaje eres?” y la posibilidad de compartir o de colaborar en listas de reproducción con amigos.

Y como usuario, si soy muy fan de un artista, el último lugar donde buscaría información es en una aplicación a la que fui para escuchar música, y no para saber si Dua Lipa cambió otra vez su color de cabello. 

Sin embargo, nada se compara con el verdadero colmo de esta histeria colectiva de los desarrolladores por exprimir el formato Historias. LinkedIn, sí, el sitio que supuestamente es para conectar empresas con candidatos a trabajar en ellas tiene sus propias Stories desde hace poco más de un mes.

Ya buscar trabajo (sea que no lo tengas o que necesites cambiarlo) es un dolor de cabeza importante. ¿Exactamente qué te impulsaría a hacer un clip efímero sobre tu currrículum, por ejemplo? No importa si el CEO de una empresa quiere hacer una Historia sobre los 10 puntos importantes del crecimiento de las ganancias: nadie va a ir a LinkedIn para ver esa o ninguna otra Storie.

¿Qué sigue? Tal vez, no debería sorprendernos que Microsoft haga realidad el meme y en poco tiempo tengamos Historias hasta en la planilla de cálculo.

No, todavía no hay Stories en el lavarropas. Pero podría faltar poco.