Hilda Herrera: Siempre transmití el amor por la música nuestra

“Y decían, ‘toca como un hombre’”, cuenta Hilda Herrera en conversación telefónica con VOS desde Buenos Aires. Quienes hacían esa apreciación creían que era un halago. La charla con Hilda fluye como su música, el don que la tocó de muy pequeña cuando en Capilla del Monte escuchó un disco de los Hermanos Ábalos. Hilda habla y su historia es tan intensa como sus composiciones.

Este lunes 16 de noviembre a las 11 se realizará el Acto de entrega del Premio Cultura 400 años UNC que la distingue por su labor como docente, compositora y pianista. El evento podrá seguirse en vivo por el canal de YouTube de la FA 

Hilda siempre fue una enamorada de las letras. Muy lectora. “Toda mi obra está basada en la poesía -revela-. Mi formación musical después de los 18 años fue absolutamente autodidacta. La primera formación se la debo a los maestros que tuve en Córdoba. Lo demás fue por mi afán, mi curiosidad y por la defensa de una música que considero de un enorme valor desde todo punto de vista, desde la identidad cultural que define cada pueblo”.

En su familia no hay antecedentes de pianistas, sí de músicas: su madre y su abuela, oriundas de Pergamino, provincia de Buenos Aires, cantaban. En la casa siempre alguien cantaba. “No sé de dónde me vino a mí. Me compraban juguetes y yo pedía un pianito”, comenta. 

La primera puerta al mundo de la música fue en su pueblo, Capilla del Monte. Tenía apenas cinco años y su papá le compró el piano. “Fue el piano que me acompañó toda la vida, hasta que pude acceder a un piano de cola importante”, señala.

La vida de Hilda ha sumado revelaciones. De muy pequeña, tomó clases de piano, repertorio rigurosamente clásico, con Dolly de Nuvolone. “Para mí era ‘la señora’. Ella fue a vivir a Capilla del Monte porque su esposo era un sobreviviente de la tuberculosis. Tenía que quedarse en las sierras. Su trabajo en la escuela primaria fue fantástico. Ella me formó en lo académico porque no permitía música popular”, recuerda.

Llegó la hora de ir a la escuela secundaria y la familia la trajo a Córdoba. Hilda cursó la secundaria en el Colegio 25 de Mayo, pupila. Era una vida puertas adentro pero ella tenía el don y las monjas, varios pianos.

Todo naturalmente

Para la pianista, pasar del repertorio clásico a la música popular argentina fue un paso natural. “Me pasó al escuchar a los Hermanos Ábalos en la radio. Cuando escuché el piano de Adolfo Ábalos, me fascinó. Empecé imitando lo que él hacía. Me di cuenta de que era la música que me llegaba al alma y, sobre todo, quería tocar sola. En esa época teníamos la posibilidad de escuchar música de altísimo nivel, del mundo y, sobre todo, de jazz. Empecé a escuchar a los grandes pianistas de jazz. Ya adolescente, pensaba por qué no hacer folklore argentino. Tenía claro que quería hacer eso”.

Una y otra vez Hilda dice que llegó a los ritmos y geografías naturalmente, con el piano. Sobre su don dice: “Es una cosa que me vino cuando nací. Lo que sí hice y mucho fue trabajar. Eso siento que es un mérito mío. Nadie me enseñó lo que hago en el piano. Lo aprendí a fuerza de probar, escuchar, imitar. Ha habido tantos músicos importantes del interior del país que han creído en nuestra música. Siempre admiré a Polo Giménez que, siendo catamarqueño se hizo ciudadano cordobés. Miguel Ángel Trejo, Sergio Villar, Peralta Luna, todos ellos, pianistas”.

También fue natural abrir la puerta de la composición. Ocurrió en la secundaria. Hilda lo cuenta como si fuera ayer. “Era bastante estricta la cosa. Salíamos muy poco. Las chicas en plena adolescencia vivían enamoramientos, en el aire. Ellas escribían letras y yo componía boleros. Me decían: ‘Chopin, ponele música a esto’. Yo siempre me escapaba a los pianos y las monjas me pedían los domingos que tocara Liszt, Chopin. Para nosotras tocaba boleros. Empecé fácilmente”.

Lo primero que compuso a los 16 años fueron dos zambas a las que Antonio Nella Castro puso letra y título: El llanto del crespín y La soñadora.

A la hora de ocupar un lugar como profesional de la música argentina, tuvo algo más que dificultades. “Fui casi totalmente ignorada. Como pianista trabajé sin tener oportunidades de mostrar lo que hacía, más allá de mi círculo de amigos”, dice.

Recién cuando pudo grabar un disco en Francia (Señales luminosas), se la reconoció en Argentina. Suele pasar. Cuando se casó y ya en Buenos Aires, Hilda se dedicó a la docencia. Quiere subrayar esa vocación que lleva con amor y orgullo hasta ahora. “Siempre fui docente -refuerza-. Es una vocación muy profunda. Por eso para mí es tan importante este premio de la Facultad de Artes porque mi trabajo ha sido como docente de la música nuestra. He transmitido el valor de la música argentina de todo el país. Hay una riqueza todavía poco explorada”.

Con respecto a las posibilidades de sus pares, Hilda señala: “Mujeres pianistas en la música popular casi no ha habido. La mujer siempre ha estado relegada, como si solo sirvieran para cantar, pero no para ser instrumentista. No estoy descubriendo nada. Fue muy difícil para mí que me reconozcan. La primera vez que recibí un elogio del ambiente en Buenos Aires fue: ‘¡Qué bárbaro, toca como un hombre!’ Cada vez que me lo decían, me volvía loca. Ha sido de lo más común”. 

“La lucha de la mujer dentro del ambiente musical fue muy difícil, ahora no tanto. El mundo de la música sigue siendo bastante limitado para la mujer. Por eso estoy tan feliz. Me han hecho muchos homenajes como compositora, pero este premio como trabajadora y docente de la música argentina, dado justamente por la Facultad de Artes de la Universidad tiene para mí un valor incalculable. Mi formación es de Córdoba, se la debo a los docentes”, enfatiza. 

“Esa base de las maestras en Capilla del Monte. El paisaje, la gente, lo que era ese pueblo maravilloso. Nada más sentarte en la puerta y mirar el Uritorco te llenaba la vida. Imaginá lo que era Capilla del Monte cuando yo era niña. Las calles eran de tierra. Era un mundo muy mágico. Para mí Capilla del Monte ha sido el gestor de este amor hacia la tierra nuestra, el amor hacia lo que uno tiene, a lo que viste cuando abriste los ojos”, concluye.

Trayectoria 

Hilda Herrera a lo largo de su carrera se desempeñó como directora de distintas instituciones relacionadas con la música argentina. Fue directora del Centro de Información y Recopilación de la Música Argentina. Creó y dirige la cátedra de Interpretación en piano de Folklore y Tango, en el Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Coordinó y dirigió, junto al guitarrista y compositor Juan Falú, el ciclo Maestros del Alma.

En 1996, el Gobierno de La Ciudad Autònoma de Buenos Aires la distinguió con una placa por su trayectoria, mientras que en 1997 la ONU premió su disco Señales luminosas como aporte fundamental a la música argentina en piano. 

En 2002 creó el Cimap (Creadores e Intérpretes de la Música Argentina en Piano) dependiente de la Dirección Nacional de Música de la Secretaría de Cultura de la Nación. Este proyecto reúne a jóvenes pianistas dedicados a la música de raíz folklórica y el tango, brindando formación a las nuevas generaciones de músicos a lo largo y lo ancho del país. En 2005 recibió el Diploma al Mérito como solista femenina de folklore, otorgado por la Fundación Konex de Argentina.

Como creadora ha compuesto numerosas piezas para su instrumento, como la huella La flor de sapo o la exquisita Chaya. Junto a poetas como Margarita Durán, Antonio Nella Castro o Kiko Herrera ha compuesto canciones entrañables como La Diablera, La Poncho Colorado, Zamba del Chaguanco y Navidad 2000. Ha registrado su labor creativa en cinco discos: Al calor de la tierra, Señales luminosas, Yupanqui en piano, La Diablera y Gardel en piano. A estos cabe añadir los dos discos editados como parte del proyecto CIMAP, que continúa dirigiendo hasta la actualidad.

La flor de sapo (Huella)

Hilda Herrera, docente, pianista y compositora nacida en Capilla del Monte.