Crimen de los rugbiers: cuando la falta de autoridad nos deja desamparados

Los acusados están alojados en el penal de dolores (Ezequiel Acuña)
Los acusados están alojados en el penal de dolores (Ezequiel Acuña)

Las redes sociales nos transformaron en testigos virtuales de la brutal agresión de la que resultara víctima Fernando hasta su vil asesinato.

¿Quién no se estremeció al ver al joven indefenso siendo asesinado a las patadas? ¿Quién por un instante no pensó que podría ser su hijo?

Perplejos, hablamos entonces de los agresores, del rugby y de los rugbiers. Es cierto que es un deporte de contacto y con una cuota de agresividad, tan cierto como que tiene reglas, códigos y la caballerosidad es una de ellas. No debemos caer en la simpleza de pensar que es este deporte responsable de tanto descontrol. Basta recordar que se practica en el mundo y sus jugadores no se encuentran envueltos en este tipo de hechos, como así también que hay otros chicos muertos o agredidos a la salida de los boliches y sus agresores no necesariamente practican este deporte. Claro que sí así fuera, sería más sencillo, nos daría cierto alivio, pues alcanzaría solo con cuidarse de los rugbiers.

Pero en nuestro país las estadísticas de homicidios intencionales son tan crudas como preocupantes. Tan solo en el año 2018 -según las estadísticas oficiales del Ministerio de Seguridad de la Nación (últimas publicadas)- fueron asesinadas 2.361 personas. Durante lo que va del siglo XXI -según la misma fuente- alcanzó un total de 47.261 personas muertas por homicidios dolosos y sabemos que existe, además, una cifra negra: aquella no contemplada de los que no murieron en el acto pues sobrevivieron un tiempo falleciendo luego por las lesiones que se les causara.

Entonces pensamos que es el rugby, la marginalidad, el celular, la mochila, la camioneta, la pareja, la discusión de tránsito, una mirada, una risa. Es… es casi cualquier cosa lo que te puede costar la vida. Buscamos explicar el delito y al delincuente por las circunstancias que rodean al hecho, sin profundizar en el sujeto que elige realizar esa conducta. Es necesario tener bien presente que matar es una elección, en los homicidios dolosos. No hay determinismo posible. En nada contribuye negar la acción y la voluntad que ella conlleva. Hay que asumirla para pensar a qué responde. Y entonces cabe preguntarse ¿Cómo llegamos al extremo que patear la cabeza de una persona sea una posibilidad? ¿Cómo es que vivimos en una sociedad donde la vida ha perdido valor? ¿Qué pasó con los límites? Y entiendo los límites como un factor crucial, común denominador de todos los hechos aún en diferentes circunstancias. Los límites deben ser claros, precisos y eficaces; y cuando estos no están internalizados desde lo simbólico se llega al extremo de precisar los más concretos, aquellos que incluso se presentan mediante el concreto muro de la prisión.

En esa madrugada, todos los límites brillaron por su ausencia. El grupo agresor actuó sin que -desde lo individual- apareciera nada que pudiera contener su furia. No mostraron ningún indicador, según trascendidos, que diera cuenta de la existencia de límites, ni en el antes (recordemos que el plan vacacional contemplaba ir a romper todo lo que el año anterior no pudieron) ni en el durante ni en el después, se fueron a comer y se sacaron fotos, aun sabiendo lo que habían hecho, con total desprecio, sin ningún registro del otro. Pero entre tantas ausencias, la más grave es la del Estado que no pudo prevenir, ni esta agresión -tan previsible dado que es tristemente usual en la salida de los boliches- ni pudo detener la golpiza ni pudo brindar asistencia a tiempo. La ausencia de toda autoridad, de toda norma es la que nos deja en desamparo y alimenta los abusos.

Es entonces cuando es preciso que la Justicia haga lo suyo, pero necesitamos ¡LA JUSTICIA! Como valor supremo no como un mero formalismo, ni como una instancia más de apañamiento y minimización del daño y del crimen. Una intervención que, emulando la precisión quirúrgica, pueda reconstruir los hechos e identificar al o los autor o autores no se puede permitir ningún error.

Es imperativo restablecer el pacto quebrantado, dando a cada uno lo suyo, en el caso la familia de Fernando lo único que –ahora- anhelan es Justicia y que la muerte no quede impune y a sus autores se les imponga una pena justa.

La autora es juez de Ejecución Penal nro. 1 de Quilmes y miembro de Usina de Justicia